No se tiene la seguridad de que estos dos barrios opuestos por completo -el primero se hallaba al poniente y se llamaba Atlampa, y el segundo estaba al oriente de la ciudad, aunque ambos estuvieran sujetos a la parcialidad de San Juan Tenoxtitlán, en su administración civil-, formaran una calle en el verdadero sentido de la palabra, pero deben ser objeto de nuestras rigurosas exposiciones, por significar importantes aspectos de los viejos tiempos de la ciudad, por lo que empezamos diciendo que la plazuela o placita que estaba situada al Poniente del Callejón del Bosque, se llamaba de la Candelaria (lo que hoy en día es el jardín Carlos Pacheco, 5a de Revillagigedo), por una capilla que construyeron allí bajo la advocación de la Purificación de la Virgen, o de las Candelas como vulgarmente se dice, extendiéndose todo ese barrio hasta el actual paseo de Bucareli.
Otra capilla cerca de la que hemos citado, la levantaron los naturales, se concluyó a mediados del año 1720 y fue bendecida bajo la misma advocación de Nuestra Señora de la Candelaria del Buen Suceso, celebrándose el culto correspondiente, siendo este, un templo amplio, de construcción sólida, con excelentes altares y hasta pinturas artísticas de algún mérito, y fue la segunda de las que tuvo la feligresía de San José dentro de la ciudad.
Las crónicas de este tiempo narran la gran disminución sufrida por la raza indígena, y por tanto la población de este barrio disminuyó, pues ya en el plano de la ciudad del año 1783, no se ve ni una casita cercana a la capilla. Este lugar pudo muy bien haberse embellecido si se hubiera establecido ahí el hermoso jardín Botánico, que se pensó hacer, con la autorización del rey de España Carlos III (este monarca tan ilustre fundó en Madrid un jardín Botánico que tuvo gran fama), el cual envió una expedición formada para el establecimiento del mismo, compuesta por don Vicente Cervantes, catedrático del ramo, y Jacinto López, jardinero mayor.
Después de largos trámites quedaron conformes en la elección del lugar, pero sin saberse cómo ni cuándo, en tiempos del conde de Revillagigedo se formó otro expediente que fue remitido a Madrid diciendo que el terreno escogido era portero pantanoso e inadecuado para plantar ningún jardín, siendo mucho mejor el que estaba en la falda del cerro de Chapultepec. Aunque esta opinión estaba aprobada por jardineros e ingenieros, y hasta por el fiscal de lo civil, el rey de España no la aprobó, dando sus razones de peso, y ordenando que continuara el jardín de Atlampa. Cuando el citado virrey quiso dar cumplimiento a las órdenes reales, resulto que el potrero ya estaba destinado definitivamente para una fábrica de cigarros, en obsequio -se dijo-, de mejor servicio.
Siguió por tanto el barrio de Atlampa como antes y hasta la década de 1840 a 1850 que nació otro barrio: el de Nuevo México, se le comunicó alguna transformación al primero aunque no la que debiera tener. La capilla, con arreglo a las Leyes de Reforma, se convirtió en bodega. Después fue derribada por su dueño y en su lugar se construyó una casa. Como quedara la placita con un aspecto desagradable, el ayuntamiento compró unas casas que estaban situadas en la esquina de la segunda calle del Bosque, para dejar una plaza de forma regular, en la cual, en 1889, se estableció el Instituto Médico Nacional, organismo que obedecía al propósito que tuvo el ministro de Fomento don Carlos Pacheco, se hacer un extenso estudio que comprendiera todo el país, acerca de las condiciones climatológicas de cada localidad, de las diversas enfermedades propias de cada región y, por consiguiente, de su distribución geográfica en todo el país, y de la flora peculiar de cada lugar.
Este proyecto llegó a ser la ley por mandato del Ejecutivo y en tanto se llevaban a cabo los trámites, se empezó a trabajar provisionalmente en una casa de la propiedad del señor Pacheco, que estaba situada en el lado occidental de la Plazuela de la Candelaria junto a la antigua capilla, y como no era lo bastante grande el inmueble para el trabajo, a espaldas de esta casa compró el gobierno un sitio que se le ofrecía en venta, en donde se estableció el Instituto a que venimos aludiendo.
El otro barrio llamado Candelaria Macuitlapilco se encontraba situado por San Lázaro.
Por lo húmedo del suelo a consecuencia de dos acequias que ahí existían, se formaban grandes charcos a los que acudían los patos a centenares, siendo un comercio, sobre todo de las mujeres, el cogerlos, matarlos, y después de bien cocinados y aderezados con tortillas enchiladas, venderlos a las muchas personas afectas a ese suculento manjar, con la particularidad que esta venta se hacía de las siete de la noche en adelante, hora en la que entraban las vendedoras a la ciudad voceando su mercancía, y retirándose al toque de queda entre nueve y diez de la noche todas juntas para evitarse asaltos o raterías por el estilo, ya que venían con el importe de sus ventas en el bolsillo.
Las mudanzas realizadas en todo el valle de México cambiaron, las condiciones de este barrio hicieron que se fuera deshabitando por las epidemias y por la mucha gente que moría del matlazáhuatl, motivando que a principios del año 1737 se habilitara la capilla de la Candelaria y sus alrededores para abrir ahí uno de los camposantos que entonces hubo. Respecto a esa capilla que se llama de la Candelaria de los Patos y que esta frente al desaparecido Puente del Rosario o de Robles, se cree que su edificación fue en los últimos años del siglo XVI o principios de XVII.
En la actualidad este rumbo está bastante poblado y el comercio de los patos ha desaparecido, es decir, el que hacían las mujeres que venían desde Cuautitlán, Zumpango y Texcoco; ya no se ve ninguna típica y tradicional vendedora de patos, ninguna “patera” -diremos- y por lo tanto no se escuchan por estas calles De Dios aquellos gritos con que anunciaban su mercancía, exclamando:
“¡Pato… cocíooooo…!”
O el otro grito, agudo y musical, de : “… carán pa… ts”