Calle del Niño Perdido

Leyenda de amor y de venganza es la que ha dado nombre a esta calle que merece ser conocida por lo dramática e interesante que es. Era virrey de la Nueva España don Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, y por aquellos años, parece ser que por 1959, llegó procedente de los reinos de Castilla un joven escultor, don Enrique de Verona quien, habiendo verificado en la Catedral de Toledo una obra de arte de mucho mérito, venía contratado para hacer el altar de los Reyes en la Catedral de México.

No desmentía el apellido de Verona -la ciudad de los célebres amantes Romeo y Julieta- la manera de ser de este artista, pues si bien había dejado en Cádiz, al embarcarse para América, a cierta gaditana que por él suspiraba soñando con su regreso, aquí en México tuvo algunas aventuras amorosas, y a la última nos hemos de referir, cuando ya estaba preparando su vuelta después de haber concluido su trabajo y cobrado buen dinero.

Una tarde, cuando Verona iba de camino a su casa, al doblar una esquina vio en el suelo un pañuelo, y que, una joven se inclinaba para recogerlo por ser suyo, pero no antes que lo hiciera el joven, que haciendo fina cortesía se lo entregó, recibiendo una dulce mirada de la dama, acompañando a la frase de “gracias caballero”, dicha con un metal de voz de infinita ternura.

Aquí dio el flechazo Cupido, pues los dos quedaron enamorados profundamente; mas el escultor, preocupado con los preparativos del viaje, no hizo por volver a encontrarse pronto con la joven que se llamaba, por cierto, Estela de Fuensalida y era la pasión profunda de cierto platero ya entrado en años: don Tristán de Valladares.

Cuando ya estaba todo preparado para el viaje a España, se acordó Verona de cierto gatito que le hizo compañía durante el tiempo que vivió en México, y pensando que sería una crueldad abandonarlo, y además él no quería llevárselo, decidió esperar unos días más para ver cómo resolvía el asunto. Pretexto infantil, claro está, pues el enamorado deseaba engañarse a sí mismo cuando lo que anhelaba era permanecer más tiempo al lado de su adorada, pues ya se habían entendido y sostenían relaciones amorosas.

El matrimonio no se hizo esperar; la gaditana no llegó a ver el barco que llevara a su prometido nuevamente a España, y el enamorado vegete se quedó sin casarse con su prometida, lo cual fue motivo de que pensara en cruel venganza, para así escarmentar a la inolvidable Estela.

Por el rumbo que ahora se llama del Niño Perdido, vivían los recién casados viviendo de su amor; y de los encantos de un hijito que era una verdadera escultura, al fin obra de un inspirado escultor. Pero las dichas duran poco, y aquella pareja que llevaba un año en completa felicidad, estaba bien ajena a que una noche una mano infame prendiera fuego a un pajar que había junto a la casa de los esposos Verona.

En pocos minutos se convirtió en una hoguera la vivienda; las llamas devoraban todo; la confusionismos era inmensa; los vecinos no podían apagar el incendio con la escasa agua que llevaban, y Enrique y Estela, sin poder apenas librarse de la catástrofe pues les rodeaba el peligro de morir abrasados, lanzaban desaforados gritos, buscaban afanosamente al niñito, todo era desolación y terribles escenas.

Hubo un momento en que Estela se vio salvada en plena calle, y entonces quiso volver a meterse en aquel horno, con la esperanza de que encontrando a su marido vieran dónde estaba el niño. Pero todo fue inútil; venciendo peligros sin cuento, al fin pudo juntarse con el esposo, que tampoco había encontrado ni vivo ni muerto al hijo.

De nuevo ella, gritando “¡mi niño se ha perdido!”, iba y venía como una loca por las cercanías de una casa convertida en ruinas humeantes, y cerca de ella en una esquina pudo divisar con la claridad incipiente de la madrugada, pues todo se había verificado en glacial noche de diciembre, a un embozado que con sigilo llevaba un bulto cubierto con su capa. Verlo Estela y lanzarse como una fiera contra aquel hombre, fue cosa de un segundo, arrebatándole la criatura que era su hijo, y el criminal ya se puede suponer que no era otro que don Tristán de Valladares.

Desde entonces el vulgo llamó a esta calle del Niño Perdido, pues la desolada madre gritaba al no encontrarlo, puesta de rodillas y mirando al cielo: “¡Madre mía, devuélveme al niño perdido!”

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